EL UNIVERSAL miércoles 6 de febrero de 2013 12:00 AM
El primer paso, claramente, es dirigirse al supermercado. Pero incluso para ello es necesario tomar en consideración posibles vicisitudes. Aquello que llevamos para arriba y para abajo, los hombres metido en el bolsillo derecho de atrás y las mujeres en el bolso de mano, denominado usualmente billetera, monedero, o cartera, ha de contener los papelitos de colores intercambiables por bienes y servicios. Preferiblemente introducir en el artefacto los verdes con el oso y la cara de Simón Rodríguez, o mejor aún y de ser posible, los que tienen impreso unos pajaritos de un lado y a Simón Bolívar del otro. Como la distinción entre Simones puede ser difícil para algunos de nosotros, la recomendación es limitarse al lado de los billetes con los animalitos. Oso vale 50, pajaritos 100. No hay billetes con cunaguaros, así que no se pongan a amputarles nada, vistas las malas mañas de última moda.

Ya con la cartera llena de los papelitos aquellos, es recomendable acceder o bien a las redes sociales o bien a otra suerte de comodines. El más clásico es llamar a un amigo que sepamos se encuentra en el mismo plan. Mientras más amigos mejor; así podrá usted tener un estudio de campo consistente que le permita ubicar posibles localizaciones en las que la preciada ave pueda ser distribuida. Una vez decidido el lugar en el que con certeza serán distribuidos los otrora emplumados, el traslado se lo dejo a su libre albedrío.

Al llegar al sitio, verá como la mayoría de los allí presentes toman un artefacto usualmente ubicado en la puerta. Es una especie de cesta metálica bastante grande, con cuatro rueditas, de las cuales al menos una, está en perenne rebeldía respecto a las demás: no gira; tiembla; redirige el artefacto en una dirección opuesta a la deseada; o todas las anteriores. Si su objetivo central es la obtención del pollo, no tome el carrito. Querrá hacerlo, pues podría meter muchos pollos. Pero no se deje engañar por las apariencias. Hay límites para la extracción de animales del recinto (máximo dos). Otro día podrá volver y adquirir otras cosas que allí se dispensan. Hoy, concéntrese en el pollo, o absténgase a las consecuencias.

Lo siguiente es ubicar dentro del local, el lugar preciso en el que se repartirán los pollos una vez que estos aparezcan. Verá otros cazadores, como usted, merodeando el escaparate de vidrio en el que otros productos menos deseados o más caros yacen plácidamente. Usualmente hay una puerta detrás del frigorífico, del que verá entrar y salir a los empleados del recinto. Lo adivinó usted bien; al cielo se entra por una puerta, solo que aquí no hay San Pedro. Trate de posicionarse disimuladamente cerca, y estudie el mejor lugar por el cual hacer su escapatoria. Una vez aparezca el empleado con las bestias muertas y desplumadas, la histeria colectiva se apoderará de los presentes. Debe estar usted dispuesto a sufrir daños en su integridad física y moral. Recomendaciones: 1. Una vez aparezca el empleado, levante los codos. Alejará, al menos en primera instancia, la marejada de gente que se le echará encima; 2. Una vez tenga uno, o si con suerte consigue dos pollos, agáchese, en posición fetal. Recibirá patadas, pero podrá rodar y escapar por algún lateral de la multitud delirante.

Entonces verá la luz; correrá a la caja mientras ve a los desafortunados que agarraron el carrito, imposibilitados de maniobra alguna; sorteará usted obstáculos; recibirá golpes e insultos; pero una vez en la caja, su triunfo será reconocido por la envidia más cochina de los menos astutos. Pague y diríjase a casa. Será usted un héroe o heroína. Pero si falla, no se desanime. Siempre le quedará lo mucho más fácil de encontrar: la gallina de los huevos de oro.